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Cátedras de derecho internacional Américano / Vanessa vega Acevedo de Bonnelly

Por: Colaborador(es): Tipo de material: TextoDetalles de publicación: Santo Domingo : Tribunal Constitucional de la República Dominicana, 2023Descripción: 351 Paginas : 23cmISBN:
  • 978-9945-651-13-3
Tema(s): Clasificación CDD:
  • RD 341.04V422
Resumen: Poco después de que se abrieran las mentes y el interés a la presentida idea de la redondez de la Tierra, los navegantes emprendieron viaje y encontraron que más allá del mar existían tierras interminables de gran belleza y riquezas incalculables en las que se asentaban gentes cuyas formas de organización y desarrollo eran expresión de ricas culturas claramente establecidas. Aquel maravilloso mundo fue admirado, doblegado, conquistado y repartido con todas sus consecuencias entre los que llegaron con fuerzas y experiencias que superaron el asombro y la impericia de quienes los creyeron nuevos dioses. Tal encuentro produjo luchas de poder tremendas, así como un traspaso de valores y culturas que parió un nuevo paradigma en la historia: América. Nuestra América. Expoliada humana y materialmente y, a la vez, nueva, distinta, enriquecida con el aporte de creencias, lenguas, pensamientos, técnicas y formas de orden que aún hoy son parte del equilibrio del mundo. Pero en ella, en nuestra América, subsistió con preminencia el valor de la unidad y la solidaridad entre los pueblos como eje de su existencia, valor este recibido como herencia de la sabiduría de la raza originaria. Es en esa nueva realidad en la que surgen los embriones de las repúblicas americanas, con ansias de identidad propia e independencia y, a la vez, con conciencia de la necesidad de constituir la Patria Grande, la Gran Colombia, hija del pensamiento y el hacer de Bolívar, de Miranda, San Martín, Páez, Santander, Sucre, Hidalgo y otros. Proyectos de países vibrantes y enérgicos que se iban moldeando a la luz de otros grandes: Andrés Bello, José Martí, Sarmiento, Juan Pablo Duarte, Maceo, Gómez, Betances y Luperón. El siglo XIX fue el de las independencias americanas; el XX sorprendió a las jóvenes repúblicas sumidas en constantes conflictos y desórdenes aupados desde desalojadas metrópolis e intereses de viejos y de nacientes imperios, con lo que se abrió paso a numerosas dictaduras fuertes, sangrientas, largas que sumieron en atraso y pobreza a los pueblos del continente. Pero así como dijo Deschamps al saludar a Máximo Gómez a su regreso de Cuba en 1900, “La epopeya no había muerto, solo había reclinado la cabeza, cargada de lauros, sobre las tumbas de Bolívar y de Páez…”. Y así fue que, en esa misma mitad del siglo XX, los Estados americanos, reanudando las aspiraciones de igualdad y justicia de libertadores y formadores del americanismo, convocaron y realizaron conferencias y congresos, concertaron tratados, desarrollaron así una labor legislativa que tocó todos los sectores vitales de la vida americana: economía, comercio, justicia, ciencia, educación, y, sobre todo, formulación de normas y leyes relativas a las relaciones internacionales entre ellas y de conjunto frente a factores de interés o afectación común provenientes de países terceros, extraños. Resultado de esa laboriosa actividad de los Estados, se celebraron conferencias, congresos, reuniones, suscripción de tratados, procedimientos consultivos, comisiones de conciliación y arbitraje, en fin, múltiples procedimientos para prevenir y resolver conflictos internacionales, todos ellos de carácter eminentemente legislativo, dando lugar a un sistema normativo internacional propio, particular de la vida americana, que apuntaba progresivamente a la formación de la Organización de Estados Americanos (OEA), que consagró definitivamente el derecho internacional público americano. Por otro lado, en ese mismo trayecto del siglo XX cayeron una tras otra las odiosas dictaduras, entre ellas la que por treinta años amordazó la República Dominicana, a tal punto que la población, sumida de manera deliberada en la ignorancia, desconocía los avances del desarrollo y logros del pensamiento y acción americanos, de la doctrina generada en nuestras repúblicas. El júbilo por la llegada de la ansiada libertad, los cambios operados en naciones vecinas, el desajuste del sistema político descabezado con la abrupta caída del dictador, constituyen un escenario indescriptible de gobiernos provisionales, elecciones libres, derrocamiento de gobiernos electos, aparición de triunviratos, diunviratos, consejos de Estado, que avivaron al pueblo hacia la búsqueda de equilibrio con orden institucional. Grandes desacuerdos de las partes, tambores de guerra, guerra civil del año 1965. En nombre del naciente derecho internacional público americano establecido en la Carta de la recién nacida OEA, se solicitó la integración de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP) para prevenir el agravamiento de la situación y su contagio a otros Estados de la región. Los dominicanos conocían el sabor amargo de las intervenciones por haber sufrido experiencias anteriores. La fe en el nuevo derecho americano aún no se había fortalecido. También en ese tiempo, en la República, el entusiasmo había generado logros largamente acariciados. Entre ellos, el sueño de los cibaeños de fundar una universidad en Santiago y que se logró con el apoyo del Gobierno dominicano, de la Iglesia católica y de toda la comunidad nacional. La doctora Vanessa Vega de Bonnelly, que fue parte del proyecto desde sus albores, se integró con anhelo y convicción a los preparativos de creación de una nueva universidad en el lar santiaguero; sabía que el Vaticano conocía con agrado ese deseo de la región cibaeña, que con fino trato tramitó, frente al Papa Juan XXIII, don Ulises Bonnelly Fondeur, embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede. Por eso Vanessa estuvo en la proclamación y fundación de la Universidad en noviembre de 1962 y en el inicio de los trabajos de docencia en noviembre del mismo año. Graduada con honores de Doctora en Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, primada de América, tuvo el privilegio de recibir del profesor Carlos Augusto Sánchez y Sánchez los conocimientos de derecho internacional público americano y las discusiones con que los clásicos de esa materia se resistían a reconocerle al nuevo derecho identidad propia y distinta al derecho internacional clásico. El profesor transmitió así a su alumna aventajada profunda admiración y respeto por la acción y los esfuerzos de las naciones americanas para establecer normas adecuadas, propias de su realidad, como un derecho especial regional. En este aspecto recordamos lo sabido: “el derecho nace y obedece a la realidad de los hechos”. En el periodo 1964-1965, la profesora Vanessa Vega impartió para el grupo de la primera promoción de Derecho de la hoy Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en ese entonces Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), la Cátedra de Derecho Internacional Público Americano, con conocimiento cabal de sus procesos de formación y con profunda fe en que en él se expresa la identidad y valores de América y es, por tanto, su fuente de poder y desarrollo indiscutible. Así lo evidencian las notas de las hojas de estas cátedras, manuscritas al dorso y al margen. Creo que por eso fue tan doloroso para ella que los sucesos del año 1965 sirvieran a la recién nacida OEA para crear la Fuerza Interamericana de Paz (FIP), que desembarcó en Santo Domingo como poderoso escuadrón de guerra para participar en una contienda particular de los dominicanos, y mantuvo durante largo tiempo la ocupación militar de la capital de la República. Esos acontecimientos hirieron profundamente el alma de la profesora Vanessa Vega de Bonnelly, y aun le afectaron su salud física. Pero su fe en el destino feliz y común de América Latina no desmayó y, al retomar la docencia, su trabajo estuvo lleno de fe en las instituciones del derecho internacional público americano, fe casi religiosa, convicción profunda en que la paz y el desarrollo de América se alcanzan a través de esfuerzos comunes fundados en la unión y solidaridad de los americanos. Ese siguió siendo el credo y el discurso de la profesora, que, después de dejar atrás su triste desconcierto, en ese mismo 1965 organizó y armonizó sus notas de la Cátedra sobre Derecho Internacional Público Americano en un esfuerzo desinteresado que ofreció a los estudiantes y a los profesores de la universidad misma como estímulo para dejar sus conocimientos en trabajos que alimentaran la naciente biblioteca universitaria, originándose así la conformación del acervo de la alta casa de estudios.Creo que no solo los estudiantes de esta materia encontramos los conocimientos necesarios en estas notas de cátedra de la profesora Vanessa Vega de Bonnelly para cumplir las exigencias universitarias; creo que ellos y todos desconocemos aún el caudal de riqueza que durante largo tiempo reunieron las naciones americanas al elaborar las soluciones de derecho que plasmaron en órganos e instituciones que, bajo el nombre de Organización de los Estados Americanos, contienen y disponen con modo propio y adecuado caminos de paz y desarrollo de América. Hoy América es más diversa y un número mayor de miembros la conforman. Esto marca nuevas sendas y es de esperar que la identidad y los valores que impulsaron su origen y logros en común sobrevivan a poderes e intereses de una realidad cambiante, diferente, casi imprevisible. Al finalizar estas palabras, vemos que la materialidad física de la decisión tomada por la OEA respecto de la República Dominicana en aquel aciago año 1965 entraba en contraposición con la juridicidad aplicable, lo que generó posteriormente que en la 46.ª Asamblea de la OEA se aprobara la propuesta, presentada por la delegación dominicana, de emitir una declaración de desagravio por el dolor que causó a los dominicanos la intervención militar de 1965 avalada por ese organismo. Al momento de hacerse justicia debemos remitirnos a los postulados del derecho internacional público americano que enarboló nuestra apreciada y valiosa Vanessa Vega de Bonnelly.
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Incluye referencia bibliográfica e índice.

Poco después de que se abrieran las mentes y el interés a la
presentida idea de la redondez de la Tierra, los navegantes emprendieron viaje y encontraron que más allá del mar existían
tierras interminables de gran belleza y riquezas incalculables
en las que se asentaban gentes cuyas formas de organización
y desarrollo eran expresión de ricas culturas claramente
establecidas.
Aquel maravilloso mundo fue admirado, doblegado, conquistado y repartido con todas sus consecuencias entre los que
llegaron con fuerzas y experiencias que superaron el asombro y
la impericia de quienes los creyeron nuevos dioses.
Tal encuentro produjo luchas de poder tremendas, así como
un traspaso de valores y culturas que parió un nuevo paradigma
en la historia: América. Nuestra América. Expoliada humana
y materialmente y, a la vez, nueva, distinta, enriquecida con el
aporte de creencias, lenguas, pensamientos, técnicas y formas de
orden que aún hoy son parte del equilibrio del mundo.
Pero en ella, en nuestra América, subsistió con preminencia
el valor de la unidad y la solidaridad entre los pueblos como eje
de su existencia, valor este recibido como herencia de la sabiduría
de la raza originaria.
Es en esa nueva realidad en la que surgen los embriones
de las repúblicas americanas, con ansias de identidad propia e
independencia y, a la vez, con conciencia de la necesidad de
constituir la Patria Grande, la Gran Colombia, hija del pensamiento y el hacer de Bolívar, de Miranda, San Martín, Páez,
Santander, Sucre, Hidalgo y otros. Proyectos de países vibrantes
y enérgicos que se iban moldeando a la luz de otros grandes:
Andrés Bello, José Martí, Sarmiento, Juan Pablo Duarte, Maceo,
Gómez, Betances y Luperón.
El siglo XIX fue el de las independencias americanas; el
XX sorprendió a las jóvenes repúblicas sumidas en constantes
conflictos y desórdenes aupados desde desalojadas metrópolis e
intereses de viejos y de nacientes imperios, con lo que se abrió
paso a numerosas dictaduras fuertes, sangrientas, largas que
sumieron en atraso y pobreza a los pueblos del continente.
Pero así como dijo Deschamps al saludar a Máximo Gómez
a su regreso de Cuba en 1900, “La epopeya no había muerto,
solo había reclinado la cabeza, cargada de lauros, sobre las tumbas de Bolívar y de Páez…”.
Y así fue que, en esa misma mitad del siglo XX, los Estados
americanos, reanudando las aspiraciones de igualdad y justicia de
libertadores y formadores del americanismo, convocaron y realizaron conferencias y congresos, concertaron tratados, desarrollaron así
una labor legislativa que tocó todos los sectores vitales de la vida
americana: economía, comercio, justicia, ciencia, educación, y,
sobre todo, formulación de normas y leyes relativas a las relaciones
internacionales entre ellas y de conjunto frente a factores de interés
o afectación común provenientes de países terceros, extraños.
Resultado de esa laboriosa actividad de los Estados, se
celebraron conferencias, congresos, reuniones, suscripción de tratados, procedimientos consultivos, comisiones de conciliación y arbitraje, en fin, múltiples procedimientos para prevenir
y resolver conflictos internacionales, todos ellos de carácter
eminentemente legislativo, dando lugar a un sistema normativo internacional propio, particular de la vida americana, que
apuntaba progresivamente a la formación de la Organización
de Estados Americanos (OEA), que consagró definitivamente el
derecho internacional público americano.
Por otro lado, en ese mismo trayecto del siglo XX cayeron
una tras otra las odiosas dictaduras, entre ellas la que por treinta
años amordazó la República Dominicana, a tal punto que la población, sumida de manera deliberada en la ignorancia, desconocía los avances del desarrollo y logros del pensamiento y acción
americanos, de la doctrina generada en nuestras repúblicas.
El júbilo por la llegada de la ansiada libertad, los cambios
operados en naciones vecinas, el desajuste del sistema político descabezado con la abrupta caída del dictador, constituyen un escenario
indescriptible de gobiernos provisionales, elecciones libres, derrocamiento de gobiernos electos, aparición de triunviratos, diunviratos,
consejos de Estado, que avivaron al pueblo hacia la búsqueda de
equilibrio con orden institucional. Grandes desacuerdos de las
partes, tambores de guerra, guerra civil del año 1965.
En nombre del naciente derecho internacional público
americano establecido en la Carta de la recién nacida OEA, se
solicitó la integración de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP)
para prevenir el agravamiento de la situación y su contagio a
otros Estados de la región.
Los dominicanos conocían el sabor amargo de las intervenciones por haber sufrido experiencias anteriores. La fe en el nuevo derecho americano aún no se había fortalecido.

También en ese tiempo, en la República, el entusiasmo
había generado logros largamente acariciados. Entre ellos, el
sueño de los cibaeños de fundar una universidad en Santiago y
que se logró con el apoyo del Gobierno dominicano, de la Iglesia
católica y de toda la comunidad nacional.
La doctora Vanessa Vega de Bonnelly, que fue parte del
proyecto desde sus albores, se integró con anhelo y convicción
a los preparativos de creación de una nueva universidad en el
lar santiaguero; sabía que el Vaticano conocía con agrado ese
deseo de la región cibaeña, que con fino trato tramitó, frente al
Papa Juan XXIII, don Ulises Bonnelly Fondeur, embajador de
la República Dominicana ante la Santa Sede.
Por eso Vanessa estuvo en la proclamación y fundación de la
Universidad en noviembre de 1962 y en el inicio de los trabajos
de docencia en noviembre del mismo año.
Graduada con honores de Doctora en Derecho en la
Universidad Autónoma de Santo Domingo, primada de
América, tuvo el privilegio de recibir del profesor Carlos
Augusto Sánchez y Sánchez los conocimientos de derecho
internacional público americano y las discusiones con que
los clásicos de esa materia se resistían a reconocerle al nuevo
derecho identidad propia y distinta al derecho internacional
clásico. El profesor transmitió así a su alumna aventajada
profunda admiración y respeto por la acción y los esfuerzos
de las naciones americanas para establecer normas adecuadas,
propias de su realidad, como un derecho especial regional. En
este aspecto recordamos lo sabido: “el derecho nace y obedece
a la realidad de los hechos”.
En el periodo 1964-1965, la profesora Vanessa Vega impartió para el grupo de la primera promoción de Derecho de la hoy Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en
ese entonces Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM),
la Cátedra de Derecho Internacional Público Americano, con
conocimiento cabal de sus procesos de formación y con profunda fe en que en él se expresa la identidad y valores de América y
es, por tanto, su fuente de poder y desarrollo indiscutible. Así lo
evidencian las notas de las hojas de estas cátedras, manuscritas al
dorso y al margen.
Creo que por eso fue tan doloroso para ella que los sucesos
del año 1965 sirvieran a la recién nacida OEA para crear la Fuerza
Interamericana de Paz (FIP), que desembarcó en Santo Domingo
como poderoso escuadrón de guerra para participar en una contienda particular de los dominicanos, y mantuvo durante largo
tiempo la ocupación militar de la capital de la República.
Esos acontecimientos hirieron profundamente el alma de la
profesora Vanessa Vega de Bonnelly, y aun le afectaron su salud
física. Pero su fe en el destino feliz y común de América Latina
no desmayó y, al retomar la docencia, su trabajo estuvo lleno de
fe en las instituciones del derecho internacional público americano, fe casi religiosa, convicción profunda en que la paz y el
desarrollo de América se alcanzan a través de esfuerzos comunes
fundados en la unión y solidaridad de los americanos.
Ese siguió siendo el credo y el discurso de la profesora, que,
después de dejar atrás su triste desconcierto, en ese mismo 1965
organizó y armonizó sus notas de la Cátedra sobre Derecho
Internacional Público Americano en un esfuerzo desinteresado
que ofreció a los estudiantes y a los profesores de la universidad
misma como estímulo para dejar sus conocimientos en trabajos
que alimentaran la naciente biblioteca universitaria, originándose así la conformación del acervo de la alta casa de estudios.Creo que no solo los estudiantes de esta materia encontramos los conocimientos necesarios en estas notas de cátedra de la
profesora Vanessa Vega de Bonnelly para cumplir las exigencias
universitarias; creo que ellos y todos desconocemos aún el caudal
de riqueza que durante largo tiempo reunieron las naciones americanas al elaborar las soluciones de derecho que plasmaron en
órganos e instituciones que, bajo el nombre de Organización de
los Estados Americanos, contienen y disponen con modo propio
y adecuado caminos de paz y desarrollo de América.
Hoy América es más diversa y un número mayor de miembros la conforman. Esto marca nuevas sendas y es de esperar que
la identidad y los valores que impulsaron su origen y logros en
común sobrevivan a poderes e intereses de una realidad cambiante, diferente, casi imprevisible.
Al finalizar estas palabras, vemos que la materialidad física
de la decisión tomada por la OEA respecto de la República Dominicana en aquel aciago año 1965 entraba en contraposición
con la juridicidad aplicable, lo que generó posteriormente que
en la 46.ª Asamblea de la OEA se aprobara la propuesta, presentada por la delegación dominicana, de emitir una declaración de
desagravio por el dolor que causó a los dominicanos la intervención militar de 1965 avalada por ese organismo. Al momento de
hacerse justicia debemos remitirnos a los postulados del derecho
internacional público americano que enarboló nuestra apreciada
y valiosa Vanessa Vega de Bonnelly.

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